El pasado fin de semana, Pakito, David y yo agarramos las mochilas, los sacos y demás cachibaches y partimos hacia el municipio más remoto de la comarca de Los Serranos. Pasado Titaguas llegamos a Aras de los Olmos y sin darnos cuenta, adentrándonos por castigadas pistas forestales acabamos en la encrucijada donde uno no está ni en Valencia, ni en Teruel, ni en Cuenca. Sólo unas cuantas miradas fugaces...
Una vieja cual espectro en eterno luto, sentada en medio de la calle sobre una silla invisible en posición imposible, con su boca arrugada y yerma, y un único diente como una astilla de su cráneo atravesando la mojama de su paladar.
Valles de frutales tan voluptuosos que se renovaba la libido con cada visión de esas peras carnosas, tersas, turgentes y sedosas. Bocados de orgasmos frutales.
Pueblos que nacen de las laderas como los líquenes de las rocas.
Bajo un sol blanco que convierte nuestras miradas en ranuras y hace que nuestras sombras se escondan bajo nuestros pies, paseando por una desierta calle, tras cuyas paredes se adivina la siesta, nos cruzamos con un lugareño, mayor, de caminar pesumbroso:
-Buenas tardes- le decimos
-¡¡yeeeeeeEEEEEEH!!- responde.
Qué curiosa sabe la yerbamate en un bosque de pinos intensos, en medio de ninguna parte.
El pasado nos viene de paso.
Experiencia sinestésica observando/escuchando a una anciana de roca agazapada tras una pequeña cascada, que cuenta cosas con su voz sugerida entre el alegre murmullo de las aguas.
Con cada disparo del cazador, notamos el estremecimiento de la naturaleza.
To — 19-10-2005 13:49:16
mojama — 20-10-2005 11:41:23
mó — 20-10-2005 11:43:13
Gabriel — 20-10-2005 12:05:02
To — 20-10-2005 12:10:54
mó — 21-10-2005 08:18:11
Gabriel — 21-10-2005 12:35:16
mó — 21-10-2005 13:53:38