
El ebanista hizo una cuna. Y de repente la cuna existió. Pero él sabía que lo único que hizo fue dar forma a la madera que salió de un aserradero a la que llegó en forma de árbol talado. El árbol fue convenientemente convertido en tablones y trasladado a su taller. Pero ya mientras marcaba la madera pensaba: "este árbol fue un día una semilla y un montón de otras cosas que no sabían que un día iban a ser árbol y luego cuna". Y quizá durante tres generaciones o más se usó esa cuna por niños con sus propias historias, hasta que acabó como leña para alimentar un fuego de esos de bidón herrumbroso, sin techo y calles frías, testigos de múltiples anécdotas. Entonces, lo que fue un día árbol pasó a ser cenizas, gases y agua, pero antes y después de eso ocurrieron muchas cosas. Es posible que parte de los compuestos de esas cenizas fueran a pasar a la sustancia de un rastrojo de malas hierbas que creció ahí, en un resquicio del bordillo de la acera hasta que la removieran para instalar las tuberías del gas-ciudad. O que parte de las partículas desprendidas en la combustión pasase a las fosas nasales de un muchacho que calentaba sus manos en el fuego y de ahí fuera a su aparato digestivo, asimilándose unas sustancias, excretándose, vaya usted a saber dónde, otras. Y antes, la semilla que propició la leña que alimentó aquel fuego, quizá cayera en una vaina helicoidal, lenta y majestuosamente, de la copa de un gran árbol en un remoto bosque en un dorado atardecer filtrado por la fronda. Aquella semilla se formó en aquel árbol, un año de éstos. Aquella semilla fue, sustancia con sustancia, ese árbol y todo aquello que se conjugó para que ese árbol tuviera lugar.
El ebanista sabía así que nada existía. "Las cosas existen porque les ponemos nombres, porque acotamos el tiempo de lo que son en intervalos manejables para nosotros" pensaba a menudo. Aquel proceso que se concretaba durante una minúscula fase de su existencia en aquella cuna, también era leña, tablones, cenizas, árbol, suelo, luz, aire...
"¿Y yo?", se preguntaba a menudo aquel reflexivo ebanista, "¿desde cuándo y hasta dónde soy?".
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