Ocurrió una noche que volvía a casa de madrugada. Venía de casa de Toni, donde habíamos cenado, para luego dedicarnos a los favores del mate mientras él lidiaba por MSN con unas amigas yo tocaba la guitarra.
Decidí volver andando. Necesitaba desentumecerme y sentir los agradables doce grados de la primera noche fría del otoño.
Al llegar a mi barrio me encontré con una silla de esas de madera y mimbre junto a un contenedor. La mera visión de aquel objeto que tantos traseros habría soportado me produjo una oleada de gratitud. La gratitud que un deshidratado sediento con la garganta hecha una llaga ardiente siente por el agua fresca cuando se derrama suavemente por su garganta. Llevaba un pequeño bloc de notas y un bolígrafo en la mochila que últimamente uso de matera, y escribí una nota de agradecimiento a la silla y la incrusté entre los mimbres. "Gracias silla por ofrecer reposo al caminante".
Un poco más adelante me topé con ese estupendo local de empanadas argentinas, donde alguna vez he cenado. Y escribí otra nota y la colé por la persiana metálica. Lo mismo hice con la panadería, la tiendita de los hermanos pakistaníes, el negocio que me provee la yerbamate, el hospital cercano... y realmente no sé por qué precisé escribir esas notas, pero la gratitud me desbordaba. Una gratitud anónima, en nombre de todo el mundo. Pensaba que quizá así, con una nota sin firma, sin rostro, quien la leyera sentiría el agradecimiento no de alguien en concreto, sino de cualquiera, de todo el mundo.
Pienso repetir esta espontánea acción y os invito a hacerlo de vez en cuando.
To — 09-11-2005 23:00:09
mó — 09-11-2005 23:16:12
Gabriel — 10-11-2005 09:18:09
mó — 10-11-2005 09:21:14
Gabriel — 10-11-2005 10:26:23
mó — 17-11-2005 09:20:04
Gabriel — 17-11-2005 09:22:04
mó — 17-11-2005 09:25:30
Esteban — 07-12-2005 17:50:04