
Muy restringida tuvo que ser su visión del mundo para chocar con tanta frecuencia con el hacer ajeno. Todo aquello que no encajaba con el estrecho patrón de lo que debería ser que su contingencia le había forjado, provocaba en él verdadero dolor moral. Seguramente no se le permitió llorar, por lo que vistió su tristeza de ira y su rostro terminó por endurecerse. A pesar de su nobleza de corazón, le era imposible reflejarse en los demás. La suspicacia fue invadiendo su ya mermada capacidad de relación con otros seres. Relacionarse para él suponía exponerse a sufrir, a que le hicieran daño. Quizá la sensación de sentirse querido fue para él un sutilísimo hilo siempre a punto de romperse. Entendía todo desacuerdo, malentendido o equivocación como una falta de amor hacia él y usaba la ira y el enfado para autoafirmarse. Quizá fuera el único recurso que aprendió para generar una sensación de orden, el orden en el que si bien no saboreaba la paz, la armonía y el amor, al menos no le exponía al sufrimiento y el dolor que las acciones desordenadas de los demás le provocaban. Y esto terminó por dejarle solo.
mó — 17-11-2005 09:28:38
alguien — 15-12-2005 20:36:31
Gabriel — 15-12-2005 21:36:18