
Símbolo de perpetuación de la decadencia occidental, invento inglés que irremediablemente sugiere una horca portátil o una correa lista para que alguien la tome y te lleve por ahí... Emilio, un extranjero mayor, posiblemente inglés, de larga barba blanca, de esos que irradian una juventud jamás perdida, nos comenta esto en su tiendita de artículos orientales para la relajación y la meditación. Justo detrás de él se halla un individuo trajeado al que acaba de saludar. Nos habla de sus viajes al Tibet, de lo inapropiado de la palabra "meditación" para lo que pretende indicar, de la esquizofrenia de los políticos, de la sencillez de la felicidad, tan sencilla como las plantas que, desapercibidas, crecen en las gritas del cemento y del asfalto...
La corbata, accesorio tan inútil como peligroso, que se convierte en regla, en imperativo... un trozo de tela atado al cuello que pretende dignificar al portador cuando lo único que consigue es adocenarlo, "ovinizarlo" más si cabe. Pensemos por un momento en las corbatas... apenas un cacho de tela colgante, como un apéndice inútil, ectoplasma de la neurosis occidental: no pienses en la vida, no seas feliz aquí y ahora, no te desprendas de toda la parafernalia de necesidades superfluas que has adquirido, trabaja, trabaja, trabaja y consigue más, más y más y si no, sé infeliz...
Emilio, con su marcado acento pero en correctísimo castellano se despide de nosotros. Tiene visita en el almacén. Abre la puerta y allá se encuentra otro hombre trajeado, otro "señor". Se gira hacia nosotros y con los ojos risueños, rodeados de arrugas cargadas de experiencia, se dibuja una corbata imaginaria con el dedo en su pecho. "¿Veis?" dice.
mó — 17-11-2005 15:53:26
Gabriel — 18-11-2005 00:27:53