
Se llamaba Cloe. Sus papás ya le habían puesto nombre tan pronto supieron que iba a ser niña. Pero no pudo gozar del mismo en vida durante mucho tiempo. Un accidente bien tonto acabó con su recién estrenada vida terrenal y el otro lado la reclamó.
Fabián y Sofía estaban destrozados en su juventud. Se casaron e inmediatamente se lanzaron a la tarea de fabricar niños con el ímpetu propio de quienes convencidos de su catolicismo reservan estos menesteres para el matrimonio. Su inexperiencia no impidió que marcaran gol en el primer partido de su vida. Una jugada certera, a pesar de los recatos, de la luz apagada, de las sábanas en agosto, de la rapidez con que se dio por concluido el encuentro.
Cloe, con apenas unos meses, abandonó su cuerpecito. No le costó desprenderse de él pues tampoco estaba muy apegada todavía a las cosas terrenales. El caer de cabeza al suelo desde la mesa donde mamá le estaba cambiando los pañales desde luego que ayudó. Fue absorbida hacia atrás a velocidades imposibles y proyectada hacia un espacio tranquilo y oscuro, donde quedó suspendida. Aquello no estaba del todo mal, le recordaba a cuando estaba dentro de mamá, en aquel medio seguro y cálido, pero le faltaba esa sensación amorosa de protección, el arropamiento de los cercanos latidos de un corazón más grande meciéndola y alimentándola.
Fabián y Sofía sufrían amargamente. No se trataba únicamente de la fatalidad de sobrevivir a su hija cuando ésta era aún un bebé, del dolor de la pérdida, de la pena inconsolable. Si bien su fe firme les había ofrecido fortaleza ante las asperezas del mundo y de la vida, ahora les ofrecía inevitable desasosiego eterno: su hija no iría al cielo porque no había sido bautizada a tiempo. El sentimiento de culpa les corroía. A ellos les esperaba una vida en el infierno. A su hija, una eternidad en el limbo.
Cloe no tardó en acostumbrarse a aquel estado de suspensión, de inalterable 'stand by'. Sentía que habían más bebés como ella allá flotando, pero también personas mayores. Algunas de ellas se preguntaban qué era aquello, dónde estaban, pero en general reinaba un ambiente de tibia tranquilidad. Tranquilidad y soledad, pues era imposible interactuar con aquellas otras personas. Aquel lugar parecía provisional, algo así como la tripa de mamá. De vez en cuando unos esbeltos seres alados venían a reclamar a algunos de ellos y se los llevaban hacia arriba... o hacia abajo.
Pero un día de repente aquello cambió. Fue como volver a salir de la tripa de mamá. Un ejército de aquellos seres alados vino a recoger a todos los bebés y los niños pequeños y se los llevaron hacia arriba. Faltaba ver qué pasaría con los mayores. La penumbra y la soledad fueron cambiadas por la luz, las nubes de algodón y los llamativos traseros perfumados y sonrosados de los querubines trompeteros. Cloe seguía sin saber qué carajo estaba pasando aunque ahora sí que sentía algo así como aquel latido de un corazón más grande y cercano.
Fabián y Sofía, ancianos ya, volvían a sonreír por fin. Habían nuevas y gratas noticias sobre el orden cósmico y las rígidas leyes divinas. Ella sentada junto a él en el banco del parque, leía el periódico en voz alta: "...Una comisión teológica internacional se encuentra revisando en el Vaticano la teoría del limbo, y todo indica que los teólogos decidirán deshacerse del limbo con esta premisa: la misericordia divina basta para enviar a los niños no bautizados al cielo...". Sus miradas flanqueadas por las profundas arrugas de una vida marcada por la pena, se dirigían agradecidas al cielo. Parecían traspasar el mismo sol.
Después de aquello, Fabián y Sofía no se preguntaron jamás siquiera si acaso el resto de preceptos y leyes divinas no serían constructos tan humanos, fantasiosos y medievales como el asunto del limbo. Ya eran demasiado mayores como para meterse en la atrevida aventura del conocimiento. Tampoco se preguntaron qué pasaba con los no bautizados adultos, o con los que abrazaron otra fe, si también eran merecedores de la infinita misericordia divina ... para qué, si ahora Dios había decidido por fin acoger a su hijita en su seno. Al resto le podían dar morcilla.
Mejor no cuestionarse estas cosas y sufrir una innecesaria amargura cuando haya que sufrirla, aunque dure toda una vida y disfrutar de una ignorante alegría cuando haya que disfrutarla, aunque sea por un breve tiempo. Al fin y al cabo Dios es misericordioso... cuando el Vaticano así lo decide.
Esteban — 01-12-2005 17:40:07
mó — 02-12-2005 01:01:53
Gabriel — 02-12-2005 10:02:27