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El fin del mundo

Archivado en Cosas que pasan • Fecha: 03-03-2006 12:43:12

El pasado miércoles 1 de marzo de 2006 casi se acaba el mundo.
Mi despertador sonó puntualmente a las 7:33 am. Me incorporé, agarré la ropa y salí arrastrando los pies al pasillo para dirigirme a la ducha, removiendo los granos que el hombre de arena había depositado en mis párpados durante la noche... quizá aún estaba demasiado oscuro como para darme cuenta, pero el trayecto hacia el cuarto de baño se me antojó como todos los demás trayectos que había realizado con anterioridad a esas horas a ese mismo cuarto de baño.
Lo extraño sucedió al regresar. Volvía a mi cuarto ya duchado y vestido cuando me percaté de algo inusual: indudablemente la mancha de luz que había proyectada oblícuamente sobre la pared del pasillo provenía del sol. Sería algo absolutamente común si no fuese por el hecho de que la única ventana por la que podía estar entrando aquel rayo de sol miraba hacia el oeste.
Yo, que soy muy dado a tener una percepción continua de mi posición relativa con respecto a los puntos cardinales, en ese momento estaba siendo especialmente consciente de que todo apuntaba o a que la Tierra se había dado la vuelta o a que el sol amanecía esta mañana por el oeste.
Pensé en los vaticinios relacionados con el calendario Maya y sus profecías, pensé en la resonancia Schumann y en la precesión de los equinocios, responsable del cambio de inclinación del eje terrestre.
Me pregunté si así, sin avisar, y con unos cuantos años de adelanto, estábamos entrando en una nueva era, en el anhelado nuevo ciclo tan cacareado por la new age...
Estaba, obviamente, paralizado y desvariando, divagando, yéndome por Úbeda y sus famosos cerros, con la vista fija en aquella forma que la luz solar proyectaba sobre la pared.
Decidí asumir los misterios cósmicos, darme la vuelta y observar aquel primer amanecer de poniente, mirar al travieso sol cara a cara... su majestuoso resplandor invadió mi rostro. Mis ojos entrecerrados, luchaban por mantenerse abiertos ante tan bizarro suceso: el sol en el oeste a las 7:45 am. Mi corazón sentía el clamor de la aventura. Creo que así se sentirían los personajes de Verne en su obra "Héctor Servadac". Pensaba en cómo sería la vida a partir de ahora, ¿debería ir al trabajo?, ¿qué le pasaría al clima, a la humanidad, a los ecosistemas?... ¿sería el comienzo del Fin del Mundo?
Sin darme cuenta, mientras cavilaba había estado avanzando hacia aquella ventana que me ofrecía la obscena escena del amanecer de poniente. Estaba completamente hipnotizado, apenas sin aliento... conforme más me acercaba más difícil me resultaba concebir aquello. No podía ser, estas cosas no ocurren en la vida real... poco más me duró el pasmo, el asombro, el sentimiento de ser testigo de un hito cósmico sin precedentes: el sol estaba en su sitio, sólo que una ventana oportunamente entrecerrada del edificio de enfrente estaba enviando su reflejo al interior de mi casa.
Me sentí ridículo, aunque por unos instantes la vida me había ofrecido una gran emoción de sentirme vivo.

Escrito por Gabriel Incertis Jarillo
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Comentarios

  1. Me encantó tu relato, escribes muy bien y recordé que en algunos días de época veraniega me he maravillado observando la luninosidad reflejada de un sol naciente en el "poniente". Saludos.

    Rud — 09-03-2006 01:50:33

  2. Muchas gracias Rud... esos veranos, ¿eran atlánticos o pacíficos?

    Gabi — 09-03-2006 10:23:37


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