Fogonazos sensoriales de recuerdos de haber sido en ocasiones uno, indiviso, me asaltan indefectiblemente cuando un cambio se avecina. Me hacen consciente del letargo que ha emponzoñado mi boca y embotado mi mente, abandonada al torrente de la inercia de sus ecos.
Entonces mi cuerpo se sorprende como mente y me mente como cuerpo, y ya no sé si soy alma encarnada en materia o carne atrapada en un alma.
El cansancio se disipa en el dinamismo de este despertar primaveral y me elevo poco a poco hacia un lugar en el que seguro ya estuve pero que olvidé, buscando quizá llegar un poco más allá, para que cuando retorne al sueño, éste sea más ligero, más atento, mas consciente y liviano, más dispuesto a alertarse ante el más mínimo murmullo de las voces de los ángeles.
Entonces el cambio deviene crecimiento, el mecanismo del tiempo para convertir la existencia en una escuela.
Raul — 01-05-2006 21:08:03