Bajo la dirección de William Arntz, Betsy Chasse y Mark Vicente y el evocador título de "What the @#<* Do We Know!?" se nos presenta una curiosa película que combina el documental con un hilo dramático bastante ligero pero acertado si lo que se pretende es ubicar en la cotidianidad las cuestiones más trascendentales acerca de la naturaleza de la realidad. El telón de fondo lo constituye un discurso sobre el nuevo paradigma toscamente anticipado por el caótico pero altamente significativo movimiento “New Age”, en el cual espiritualidad, ciencia y conciencia parecen tocarse por fin en un punto. Y digo por fin porque el dualismo exacerbado del que se ha valido la ciencia para desarrollar su método últimamente parece debilitarse en virtud de la idea de que lo fenoménico y lo nouménico comparten la misma naturaleza. Considerándolo ampliamente, el universo se nos presenta como un sistema fuera del cual la existencia no es posible, por lo que todo lo que contiene ha de tener una naturaleza o razón común. Se sugiere en la película que lo que hasta no hace mucho se consideraba materia, no tiene en su nivel más íntimo una naturaleza diferente que la del propio pensamiento. Esto parece cuadrar con ciertos principios herméticos.
La física cuántica viene a socorrer la sustancialidad de muchas sorprendentes afirmaciones que se realizan en la película: la virtualidad del mundo físico, la interacción entre pensamiento y fenómeno físico, la conciencia como selectora y autora de una realidad coherente establecida a partir de la discriminación y selección de los estímulos disponibles, la idea cuántica de la interconexión de todo, el problema epistemológico de la dirección del tiempo y el misterio de su diferente comportamiento entre el nivel cuántico y el macroscópico, la descripción de las células como pequeñas unidades de conciencia que determinan nuestros comportamientos y respuestas emocionales… todo ello para concluir que en el fondo somos autores y creadores de nuestra propia experiencia vital y que tenemos mucho más poder de influencia en nuestro propio devenir e incluso en el mundo físico de lo que creemos.
Una serie de científicos con hinchados currículos -en su mayoría físicos expertos en física cuántica- además de algún psicólogo, un teólogo, una maestra espiritual, etc., intercalan sus ideas en la trama en la que Amanda, interpretada por la actriz sordomuda Marlee Matlin (a la que vimos de niña en “Hijos de un Dios Menor”) es una fotógrafa que arrastra el trauma de haber sorprendido a su marido acostándose con otra, lo cual le genera una serie de miedos y reacciones negativas cuando se encuentra con estímulos que le hacen revivir su propio drama. Su propia situación le hace plantearse cuestiones trascendentales que poco a poco van haciéndole consciente de su propia responsabilidad en su devenir y de su capacidad de alterar la realidad mediante la conciencia.
Con una interesante aplicación de efectos visuales, la película nos introduce de forma didáctica en los niveles más íntimos de la materia, nos describe el mundo de las paradojas cuánticas en el que todas las posibilidades fenomenológicas se dan simultáneamente y que es nuestra conciencia la que mediante la elección se decanta por una determinada posibilidad. Nos muestra además a unos divertidos péptidos segregados por un palpitante hipotálamo como responsables de nuestras respuestas emocionales y en definitiva de todas nuestras acciones.
Interesante es esto último, en donde la película parece recrearse durante más minutos de los estrictamente necesarios. Vemos en la celebración de un baile de una boda polaca, a la que a regañadientes es enviada Amanda para cubrir una sesión fotográfica, cómo los diferentes personajes que participan son manejados por los antojos de sus niveles celulares. La idea es que gran parte de nuestra personalidad la constituyen las respuestas emocionales a las que somos inconscientemente adictos. Así, una persona insegura, que siempre se hace la víctima y se lamenta de su situación, resulta ser adicta a los péptidos que su hipotálamo segrega cuando se dan los estímulos adecuados que la hacen sentirse así. Lo mismo ocurriría con el violento, el alegre, el despreocupado o el hipocondríaco. Si, por ejemplo, durante nuestra infancia hemos sido sometidos frecuentemente a situaciones de estrés emocional debido a una particular situación familiar, habremos potenciado en nuestras células el desarrollo de los receptores peptídicos correspondientes a las sustancias que segrega el hipotálamo cuando se dan las situaciones de estrés. Así, nuestras células se vuelven adictas a determinados péptidos y obviamente desde el nivel celular buscaremos las situaciones que calmen nuestro síndrome de abstinencia. Así también vamos configurando nuestra realidad, percibiendo, al antojo de nuestras dependencias bioquímicas, cómo queremos que sea el mundo. La película sugiere que, como en cualquier tipo de adicción, la dosis de la droga (en este caso los péptidos) que calme nuestra ansiedad deberá ser por necesidad cada vez mayor, pues el cuerpo termina por acostumbrarse a un determinado nivel y precisa aumentarlo para percibir el mismo efecto que antes le provocaba una dosis menor.
Se presenta así la importancia de la conciencia metafenoménica, trascendental, del “observador” –empleando la nomenclatura de la película- como posibilitadora de superación de nuestras dependencias emocionales desde el nivel bioquímico. Si una persona irascible es consciente de que cierta situación la está magnificando porque las situaciones violentas provocan la segregación de las sustancias que calman su particular dependencia celular, entonces tiene la posibilidad de frenar la inercia bioquímica y aplicar la conciencia de forma que objetivamente altere la realidad a la que desde el nivel celular estaba abocado. Desde este autoconocimiento se nos posibilita influir en nuestro propio devenir de una forma más interactiva y participar en la evolución de una forma creativa, consciente. La realidad se relativiza así y deviene una traducción particular que sobre lo fenoménico elaboramos a partir de nuestros patrones, categorías y condicionamientos.
La película roza la cuestión teológica desde un punto de vista panteísta, en concordancia con las conclusiones cuánticas. Por ahí se leen críticas a esta idea, como que sólo aporta confusión, etc., pero en mi opinión se trata de un prejuicio devenido de siglos de cosmovisión dualista judeo-cristiana y del pensamiento científico tradicional que busca establecer una nítida frontera entre lo fenoménico y la dimensión espiritual.
También se critica el hecho de que entre los científicos que colaboran en la película aparezca como voz autorizada Ramtha, líder de una “escuela de iluminación” o una secta según definen por ahí. De hecho, hasta alguno llega a calificar esta película como un panfleto propagandístico de las ideas de Ramtha. En contra de la tesis panfletaria cabe destacar el hecho de que esta mujer es tan solo uno de las 10 ó 12 colaboradores –entre científicos y demás- que aparece en la película. Además la película persigue enfocar su tesis desde diferentes disciplinas, por lo cual incluir un punto de vista como el de una escuela de este tipo no llega a estar fuera de lugar. Convendría no obviar el hecho de que muchas las ideas que se barajan en la película no son ni creación ni propiedad de ninguna secta particular y que yo mismo conocía casi todas ellas a través de mi bagaje en la lectura de todo tipo de textos de toda índole, desde científicos a espirituales.
Algo que me pareció realmente interesante y positivo fue el hecho de que las identidades y currículos de los colaboradores nos son desvelados hasta el final de la película, por lo que el condicionamiento sobre sus opiniones es menor y el espectador no tamiza lo que escucha en función de un conocimiento sobre la competencia del colaborador. En atención a esto yo tampoco revelaré nada sobre ellos (pero vaya, se me escapó Ramtha).
Por último, alabar el que ese tipo de películas alcance su pequeña trascendencia, pues plantean ideas importantes que en general subestimamos y que evitamos confrontar en la inconscientemente arrogante seguridad y confianza que tenemos en la realidad que percibimos, y que a menudo es fuente de prejuicios e infelicidad. También resulta muy estimulante el género de cuestiones planteadas, más allá de las resoluciones o propuestas parciales que sugiere la película. Tomada como una invitación a reflexionar sobre la realidad, sobre la propia conciencia, sobre la naturaleza de la materia y el pensamiento, etc., resultan casi dos horas de cine independiente muy bien aprovechadas.
No quiero terminar sin apuntar que los conceptos que se barajan en la película pueden resultar confusos o incluso tediosos para los que gustan de discursos más simples y que no comprometan la responsabilidad del espectador para con su propia realidad. Sarna a gusto no pica, dicen. SI es así, en la sala de al lado hacen “Misión: Imposible III”.
[...] (Leer más...) Escrito por Gabriel Incertis Jarillo (0) Comentarios • (0) Referencias • Permalink Referencias (URL para referencias) Comentarios Comentar [...]
aspirante_a_cínico — 10-05-2006 03:03:30
Gabi — 10-05-2006 16:47:32