Realmente hablo por hablar porque, como comentaba antes con Tonchis, no hay en última instancia ni reporteros del más allá ni nadie que sepa de la vida más que nadie, por muy bien que le vaya a algunos.
Lo que sí que se puede saber es cómo afrontar el hecho de que nos morimos sin remedio y esta sabiduría pasa más por una aceptación que por un entendimiento. Yo mo puedo más que maravillarme de cómo se confronta esto en el mundo. Algunos hablan de cielos e infiernos, otros de reencarnación, otros de disolución total e incluso los hay que aseguran que lo que ocurre es que nos vamos a otro plano de existencia y patatín patatán.
Ante este panorama, procurando no atarme a las consideraciones que en mi contexto me han embutido acerca del hecho de la muerte, sólo puedo asumir la muerte como un misterio.
Desde un punto de vista estrictamente funcional, la muerte es el mecanismo que permite a la vida evolucionar. Y si hay evolución -concepto que encierra una direccionalidad positiva hacia un para nosotros indeterminado fin- la muerte deviene necesaria. Pero acá estamos nosotros, criaturas de sentido, buscando los tres pies al gato. Cabe preguntarse: ¿qué es lo que en nosotros sobreviviría a la muerte?, ¿el alma?, ¿qué es el alma?, ¿cómo es?, ¿dónde está?, ¿en nuestra cabeza?, ¿flotando en algún indeterminado lugar sobre nuestros cuerpos?, ¿qué nos hace pensar que existe una instancia en nosotros de tal naturaleza que no corre la misma suerte de disipación que nuestro cuerpo?, ¿acaso el pavor a desaparecer en la nada?...
Hasta donde yo puedo deducir de mi propia experiencia vital, la conciencia desde la que me detecto como ser existente y que es capaz de preguntarse por estas cosas creció con mi cuerpo. He llegado a estas cuestiones después de haber creído de todo sin ningún fundamento más allá de los condicionantes culturales, pero por mí mismo me resulta imposible distinguir dos entidades en mí: la corpórea y la espiritual o como quiera llamarse. En este sentido soy más partidario de una perspectiva no dualista. Así, en caso de haber algo inmortal en mí no se trataría de una esencia previa implantada en mi cuerpo en algún momento de mi desarrollo. Acá cabría preguntar a los animistas en qué momento ubican la inoculación del alma en el cuerpo. No hay nada que nos haga suponer que sea en un momento o en otro.
Así pues, entré en la vida como cuando entramos en un sueño: suavemente, sin darme cuenta. No tenemos recuerdos de cuando fuimos fecundados, ni de nuestro nacimiento y los primeros recuerdos que tenemos son escasos, confusos, poco precisos... conforme crecemos crece nuestra conciencia de nosotros mismos y un día nos sabemos existenetes en el sentido de que la hacer retrospectiva nos es imposible delimitar el momento del recuerdo en el que nos descubrimos conscientes. Es un ejercicio curioso... navegas y navegas en el recuerdo hacia atrás y el recuerdo parece ir diluyéndose...
Así que la conciencia que soy creció a la par que el resto de mi ser, como una unidad. ¿Dónde está el alma pues?, no creo que más allá de mi anatomía... ni que sea algo diferente de ésta...
Continuaré...
Esteban — 18-05-2006 20:54:52
Rafa — 22-05-2006 13:50:32
Gabriel — 22-05-2006 14:03:17
Tonchis — 22-05-2006 18:58:29