Por Bart D. Ehrman, Ph. D., profesor de la cátedra James A. Gray y director del Departamento de Estudios Religiosos de la Universidad de Carolina del Norte, Chapel Hill y experto en paleocristianismo.
Se trata de un fragmento de su ensayo "La cristiandad alerta: La visión alternativa del Evangelio de Judas" publicado en "El Evangelio de Judas, del Codex Tchacos" (2006, National Geographic Society).
A la vista de sus ásperos ataques contra los guías de la iglesia protoortodoxa -antecesores de Ireneo y otros teólogos con ideas semejantes que desarrollaron el modo "ortodoxo" de entender a Dios, el mundo, a Cristo y la salvación- no sorprende que este Evangelio de Judas nunca tuviera ocasión de ser incluído en nuestro Nuevo Testamento. ¿De dónde sacamos nuestro Nuevo Testamento, con sus cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y por qué unos cuantos escritos cristianos llegaron a estar incluidos en el canon pero muchos otros (como el Evangelio de Judas) fueron excluidos?
El Nuevo Testamento consta de veintisiete libros que el victorioso sector ortodoxo aceptó como textos sagrados para transmitir la palabra de Dios a su gente. Cuando comenzó el cristianismo, con el propio Jesús histórico, ya había una colección de textos sagrados de referencia. Jesús era un judío que vivía en Palestina, y como todos los judíos palestinos aceptaba la autoridad de las Escrituras judías, especialmente los cinco primeros libros de lo que los cristianos llamaron Antiguo Testamento (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), en ocasiones conocidos como Ley de Moisés. Jesús se presentó como un intérprete autorizado de aquellas Escrituras y era conocido entre sus seguidores como un gran rabino (maestro).
Después de la muerte de Jesús, sus seguidores continuaron respetando sus enseñanzas y comenzaron a adjudicarle una autoridad equiparable a la del propio Moisés. No sólo las enseñanzas de Jesús; también las de sus más próximos discípulos fueron vistas como autoridades, especialmente a medida que iban siendo transcritas en libros. Pero, con el paso de los años y las décadas, aparecieron más y más textos que pretendidamente habían sido escritos por los apóstoles. Tenemos más epístolas de Pablo, por ejemplo, que las trece incluidas en el Nuevo Testamento con su nombre, y ahora los especialistas están razonablemente seguros de que algunas de las incluidas en el Nuevo Testamento en realidad no fueron escritas por Pablo. De manera semejante, el Apocalipsis o Revelación de Juan aparece en el Nuevo Testamento, pero otros Apocalipsis quedaron fuera; por ejemplo, uno de Pedro y otro de Pablo. Había muchos evangelios. Los cuatro del Nuevo Testamento son anónimos: hasta el siglo segundo no se los comenzó a llamar con los nombres de dos discípulos de Jesús (Mateo y Juan) y de dos compañeros de los apóstoles (Marcos, compañero de Pedro, y Lucas, compañero de Pablo). Aparecieron otros evangelios también supuestamente escritos por los apóstoles. Además de nuestro recién descubierto Evangelio de Judas, tenemos otros supuestamente escritos por Felipe y por Pedro, dos diferentes por el hermano de Jesús, Judas Tomás, uno de María Magdalena, y otros.
Todos estos evangelios (y epístolas, apocalipsis, etc.) tenían conexión con los apóstoles, todos ellos pretendían exponer las verdaderas enseñanzas de Jesús, y todos ellos eran reverenciados -por uno u otro de los grupos cristianos- como sagradas escrituras. Con el paso del tiempo comenzaron a aparecer más y más. Dados los enormes debates que se estaban entablando por la interpretación correcta de la religión, ¿cómo podía saber la gente qué libros debía aceptar? Resumiendo, uno de los grupos competidores en el cristianismo consiguió prevalecer sobre los otros. Aquel grupo ganó más adeptos que sus oponentes y llegó a relegar a sus competidores a una posición marginal. El grupo decidió cómo debía ser la estructura organizativa de la Iglesia. Decidió qué doctrina aprenderían los cristianos. Y decidió qué libros serían aceptados como Escrituras. Ése era el grupo al que pertenecía Ireneo, como otras figuras bien conocidas por los estudiosos del cristianismo de los siglos segundo y tercero, por ejemplo Justino Mártir y Tertuliano. Este grupo se convirtió en "ortodoxo", y una vez sellada su victoria sobre sus oponentes, reescribió la historia del compromiso, proclamando que ésa había sido siempre la opinión mayoritaria de la cristiandad, que su perspectiva siempre había sido la de las iglesias apostólicas y los apóstoles, y que sus doctrinas estaban arraigadas directamente en las enseñanzas de Jesús. Los libros que aceptaron como Escrituras eran la prueba, porque Mateo, Marcos, Lucas y Juan cuentan todos ellos la historia como los protoortodoxos se habían acostumbrado a oírla. ¿Qué ocurrió con los demás libros, los que contaban una versión diferente de la historia y por ello quedaron fuera del canon protoortodoxo? Algunos de ellos fueron destruidos, pero la mayoría simplemente se perdieron o se desintegraron con el paso del tiempo. Rara vez los copiaban, si es que lo hacían, porque sus ideas habían sido calificadas de heréticas. Sólo en pequeños grupos marginales de la cristiandad -un grupo gnóstico aquí, un grupo de cristianos judíos allá...- se mantuvieron vivos aquellos textos. Los rumores sobre su existencia siguieron circulando, pero nadie fue lo suficientemente sagaz para guardarlos para la posteridad. ¿Por qué sería? Contenían mentiras y simplemente habrían apartado a la gente del camino. Mejor dejarlos morir de manera ignominiosa. Y eso fue lo que hicieron. Unos pocos fueron recopilados cuando estuvieron demasiado deteriorados, pero con el tiempo incluso aquellas copias aisladas desaparecieron. Hasta los tiempos modernos, cuando en raras ocasiones aparece alguno para enseñarnos de nuevo que la idea ortodoxa de la religión no era la única en el segundo siglo de la cristiandad. De hecho, había una floreciente oposición a esas ideas, una oposición representada, por ejemplo, por la joya recientemente descubierta: el Evangelio de Judas. He aquí un libro que da la vuelta a la teología del cristianismo tradicional e invierte todo lo que habíamos creído sobre la naturaleza del verdadero cristianismo. En este libro la verdad no es expuesta por los otros discípulos de Jesús y sus sucesores protoortodoxos. Aquellos guías del cristianismo eran ciegos a la verdad, que fue transmitida sólo en revelaciones secretas al único discípulo al que todos coincidieron en despreciar: Judas Iscariote, el traidor.
Sólo Judas, según esta perspectiva perdida hasta hoy, sabía la verdad sobre Jesús. Jesús no vino del creador de este mundo y ciertamente no era su hijo. Vino del reino de Barbelo para revelar los misterios secretos que podían llevarnos a la salvación. No fue su muerte lo que trajo esa salvación. Su muerte simplemente lo liberó de este perverso mundo material. Este mundo es un pozo negro de dolor, miseria y sufrimiento, y nuestra única esperanza de salvación es escapar de él. Y algunos de nosotros lo haremos. Algunos de nosotros albergamos una chispa de divinidad, y cuando muramos escaparemos de la prisión de nuestro cuerpo y volveremos a nuestra morada celestial, el divino reino de donde procedemos y adonde volveremos, para vivir eternamente nuestras gloriosas y elevadas vidas.
Rafa — 13-06-2006 12:15:14
Gabi — 13-06-2006 12:58:34
losdbfolwcblo — 01-09-2008 22:18:58
Gabi — 02-09-2008 12:24:05