"En España hay en torno a 6.000 sacerdotes casados a los que Roma niega el pan y la sal, pese a que ejercen de forma discreta en comunidades cristianas de base, con la vista gorda de sus prelados"
En Metrodirecto.com en su edición del pasado 14 de julio leemos:
Milingo arremete contra el celibato
EE UU El arzobispo católico Emmanuel Milingo sacudió las bases de la Iglesia en el año 2001 al casarse en un hotel de Nueva York con una coreana dedicada a la acupuntura e integrante de la secta Moon.

Estuvo a punto de costarle la excomunión, pero al final rectificó y logró el perdón del Vaticano para poder continuar bajo la disciplina de la Iglesia. Ahora, Milingo ha vuelto por sus fueros. Ayer dio una rueda de prensa para defender el matrimonio para los curas y arremeter contra el celibato. La Santa Sede ha calificado las palabras de Milingo de “deplorables”.
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Hasta aquí la noticia.
Y ahora la clásica embestida "gabiniana": ¿pero qué leches está ocurriendo con esto del celibato?, ¿qué sentido tiene?, ¿de dónde procede?, ¿fue siempre así?, ¿se es menos viril por no ejercitar el miembro?, ¿te encuentras en esa dicotomía entre una vida casta y pura ofrecida a nuestro Señor, usando lo que en gran medida te hace hombre para exclusivos menesteres mingitorios, y otra vida en la que puedas ejercer el sagrado rito de la perpetuación de la vida haciendo crujir los muelles de la cama, aunque no sea para perpetuar la vida?
Estás aquí es porque decidiste tomarte la píldora roja, porque querías saber la verdad sobre el celibato.
Antes de mis arremetidas personales hagamos un poco de historia sobre esta forma voluntaria (o impuesta, según) de atrofiar "el músculo del amor" (no, el corazón no, el otro).
Wikipedia, la estupenda enciclopedia libre, nos dice al respecto tras unas consideraciones etimológicas, que el celibato "no es indicativo de que exista abstención de relaciones sexuales, lo que si es cierto es a lo que se refiere que es: la ausencia de matrimonio solamente, expresamente la unión con toda la parafernalia para terminar teniendo todos los derechos de la procreación.
El término no es exclusivo de una sociedad que esté a favor de una soltería como puede ser la religiosa. La tradición del celibato descriptivo de abstención a rajatabla de relación sexual viene de San Pablo".
¡Carmaba, San Pablo, viejo amigo!, ¿puedo llamarte Saulo el Oportunista?, ¡si los misóginos radicales me cayeran bien, macho, tú sería mi héroe!
Bueno, así que empezamos por descubrir que la asociación del celibato con la ausencia cuasi-enfermiza de relaciones sexuales es otro invento paulino, por lo que vamos a reconsiderar el asunto desde un término afín que es "castidad".
Volviendo a la Wikipedia, entre otras cosas nos dice sobre la castidad:
"Para el cristianismo no es una negación de la sexualidad sino un fruto del Espíritu Santo y consiste en el dominio de sí mismo, en la capacidad de orientar el instinto sexual hacia causas más morales ligadas al crecimiento espiritual y corporal de las personas".
Obviamente el instinto sexual, el impulso natural de lo sexual es para el cristianismo
una bajeza moral fácilmente superable por otras "causas ligadas al crecimiento espiritual y corporal de las personas". Y cómo no, la castidad ha de ser fruto del Espíritu Santo, que se las apañó para dejar a una tal María embarazada sin ponerle un ala encima.
"Para el cristianismo la castidad es una virtud necesaria en los distintos estados situacionales de la vida, y para algunos contradictoria:
* Los casados: Castidad significa ser fiel.
* Para los no casados que aspiren al matrimonio, la castidad requiere abstención. Castidad significa abstinencia."
El sexo, al contrario que para el resto de la naturaleza sexuada, ha de ejercerse en el seno de una unión debidamente oficializada. Que no somos gatos, coño. Véase cómo oportunas matizaciones permiten conciliar la invitación paulina a la castidad con cualquier estado civil o religioso: si eres soltero, castidad es abstinencia hasta que te cases; si eres casado, castidad significa fidelidad o lo que es lo mismo, anidar el pajarito siempre en el mismo nido; si eres religioso, castidad es lo mismo que para el soltero pero con menos futuro sexual.
"La castidad ofrece en el cristianismo una preparación espiritual para el sacerdocio, el matrimonio, la vida religiosa o el celibato".
Una preparación para todo menos para el sexo, vaya...
"El voto de castidad total es considerado como obligatorio para los ministros consagrados (sacerdotes, obispos, El Papa), así como para las distintas órdenes religiosas tanto masculinas como femeninas. Sin embargo este voto absoluto no es requerido en otras iglesias cristianas, tales como la iglesia protestante".
Entonces una herramienta voluntaria destinada a derivar ciertos impulsos o fuerzas instintivas hacia un autodominio que permita el crecimiento espiritual, es convertida en el cristianismo católico en una imposición moral para sus ministros y en una importante restricción para los fieles. Eso, lo que genera en numerosas ocasiones es una represión hacia lo sexual que acaba por estallar en perversiones de todo tipo. En el crecimiento espiritual no se pueden imponer los medios pues la misma opción del crecimiento es una asunción voluntaria. Mediante la restricción no se puede crecer pues no se puede elegir. Es curioso que entre las grandes confesiones cristianas, tan sólo la católica restrinja el matrimonio para sus ministros.
La posibilidad del matrimonio para sacerdotes católicos no es considerada por la Iglesia como una opción para solucionar la galopante carencia de vocaciones ministeriales que acusa. De hecho con peregrinas excusas como la tradición y considerando superfluos "los motivos teológicos profundos que han conducido a la Iglesia latina a unir la atribución del sacerdocio ministerial al carisma del celibato", se asumen "esta elección y esta práctica" como "pastoralmente válidas aún en casos extremos" como éste de la falta de sacerdotes.
Pero ¿fue siempre así?
Parece que para Alfonso Carrasco Rouco, sí. En un francamente interesante artículo justifica la tradición del celibato sacerdotal desde presuntos orígenes apostólicos. Los puntales para tal justificación son las clásicas citas bíblicas que en el fondo no dejan de ser interpretadas ad hoc. Por supuesto, nuestro amigo Pablo es el sumo responsable de la reorientación de la interpretación de la doctrina cristiana hacia una más bien enfermiza visión de la sexualidad y del papel de la mujer en los planes de salvación. Cabe sugerir aquí la importancia de la criba de textos cristianos efectuada por la corriente cristiana oficializada (impuesta) por Constantino como co-responsable de la imposición de la castidad.
El matiz interesante en el artículo de Carrasco es una referencia documental del Concilio de Elvira (hacia el 305 d.C.):
“Se ha decidido por completo la siguiente prohibición a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio: que se abstengan de sus mujeres y no engendren hijos; y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía”
Carrasco nos cuenta que nada sugiere que la Iglesia buscase introducir entonces una novedad de este corte en la vida del clero, sino "imponer, más bien, medidas disciplinares en una cuestión generalmente conocida, pero no siempre respetada". Prueba de ello, comenta es que "no parece posible introducir como novedad una exigencia semejante, de tan grandes consecuencias para la vida de la Iglesia y del clero, sin motivarla mínimamente y sin que conste la menor oposición en nombre de lo que tendría que haber sido la tradición anterior"
Contra tan eruditos y pretenciosamente aplastantes argumentos se impone el sentido común. Al menos el sentido común extracatólico y fundamentado en la más elemental ética natural: el ser humano es un ser sexuado, con instintos sexuales encaminados a la perpetuación y evolución de la raza humana y negar o reprimir esta faceta es por fuerza pernicioso para la salud del individuo en particular y de la especie en general. El celibato en cualquier tradición espiritual debería ser totalmente voluntario y en ningún caso se debería permitir que quienes lo imponen o justifican moralizaran sobre sexualidad. Contra la imposición moral de la exclusividad de la función sexual para fines reproductivos cabría argumentar que el ser humano no es un gato y que la sexualidad cumple una función afectiva importante, que la larga senectud que nos ha propiciado la ciencia y la medicina comporta la superpoblación del planeta y por lo tanto en el nivel antropogénico se hace necesario un alivio del natural impulso sexual más allá del fin reproductivo, desarrollándose así mecanismos de placer, en principio irrelevantes para el nivel reproductivo, como el clítoris o la rica innervación del glande.
Y que el dolor de huevos es el dolor de huevos
En un tan largo como divertido artículo de Alfonso Fernández Tresguerres sobre las contradicciones del celibato cristiano, que recomiendo leer, se encuentran joyas como la que a continuación reproduzco:
(...) si Dios nos quiere castos, ¿por qué diablos nos ha creado sexualmente activos todo el año? Son ganas de enredar las cosas. Sujetos a una época de celo, como otras especies animales, seríamos, de motu propio, tan puros como Dios y su Iglesia desean, y no tendríamos ninguna dificultad para identificar sexualidad y reproducción y cumplir la consigna a rajatabla, sin que nuestro confesor tuviese que recordárnoslo a cada instante: actividad sexual unos pocos días al año y castidad absoluta el resto; castidad, por lo demás, muy llevadera. Pero sabido es que los designios del Señor son inescrutables: acaso tras un largo camino de esfuerzo y dolor gozaremos
más intensamente de la vida beata y la gloria eterna. En cambio, la mente poco lúcida del ateo se empeña en sospechar que si nuestra sexualidad se halla despierta todo el año es debido, seguramente, a que en nuestra especie el sexo cumple otras funciones que las meramente reproductivas, como, por ejemplo, el establecimiento de un vínculo entre el varón y la mujer, cuya colaboración es imprescindible para culminar la crianza de ese primate prematuro que es el ser humano, necesitado de cuidados y atención exclusiva durante mucho tiempo, lo que limita indudablemente las actividades de la persona a su cargo, necesitándose otra a su lado que procure los medios de subsistencia. A la madre, sujeta al niño antes del nacimiento, porque lo lleva en su vientre, y después, por tener que amamantarlo, le hubiera resultado imposible obtener el alimento para los dos; y ésa, la obtención de alimento, fue, junto con la protección, la tarea encomendada por la selección natural al varón. Ahora bien, ¿qué interés podría tener éste, pasada la época de celo, en permanecer junto a la mujer preñada o parida, dado que esto suponía cargarse con un trabajo extra y muy superior al exigido para su propia supervivencia? La solución encontrada por la selección natural fue el sexo: gratificación sexual todo el año; y la envolvió en el papel de regalo de unas emociones y sentimientos muy característicos a los que hemos dado en llamar «amor». Se trata de la famosa teoría del «contrato sexual», de Helen Fisher. Pero si esto es así, la irresponsabilidad se extiende ahora no sólo a los hijos, sino también a los esposos mismos, a los que, si su propia responsabilidad les dicta no sobrepasar un determinado número de hijos, se les exige que renuncien a uno de los vínculos esenciales en los que se fundamenta su unión. Mas, sin duda, esto no son más que tonterías y la Iglesia tiene razón.
Magnífico el sarcasmo de Fernández Tresguerres que concluye la primera parte de su artículo con esta divertida anécdota que no puedo dejar de compartiros:
Algunos poseen la gracia de la castidad y otros la desgracia del efecto Coolidge, de quien se cuenta que, siendo presidente de los Estados Unidos, visitaba, junto con su esposa, aunque por separado, unas granjas gubernamentales. Al pasar por un gallinero y ver a un gallo copulando intensa y frenéticamente, la esposa del presidente, sorprendida, se interesó por la frecuencia amatoria del animal. «Docenas de veces al día», le respondió el guía. «Por favor, dígaselo a mi marido», pidió la primera dama. Cuando más tarde el presidente pasó por el mismo gallinero, le comentaron la anécdota, a lo que pregunto: «¿Y es siempre con la misma gallina?». «No, no, cada vez con una distinta», respondió el guía. «Por favor, dígaselo a mi mujer», dijo el presidente.
En la segunda parte se centra en el meollo del asunto que nos ha traído aquí, ofreciéndonos una visión más panorámica de la historia del celibato cristiano que la de Alfonso Carrasco Rouco:
(...) no existe ningún texto en las Sagradas Escrituras que imponga el celibato eclesiástico. Se trata de una cuestión de Derecho eclesiástico, aunque se discute si de Derecho eclesiástico sin más o de Derecho eclesiástico apostólico. La cuestión no es fácil de resolver porque los documentos de los tres primeros siglos no son muy claros, y los autores del siglo IV no son muy explícitos al respecto. En la Iglesia oriental, el celibato obligaba a los obispos y a los ordenados de mayores que no estuviesen casados en el momento de la ordenación (por eso se casaban un poco antes de ordenarse), mas si quedaban viudos no podían volver a casarse. Tales eran las directrices de Justiniano y la práctica de la Iglesia ortodoxa. En Occidente, a partir del siglo IV, obispos, sacerdotes y diáconos debían dejar de cohabitar con su mujer (a partir del siglo V la obligación se extendió también a los subdiáconos). En este sentido, fue decisivo el Concilio de Elvira, Granada, 300-306, porque en él se impone por primera vez, y de una forma clara, la obligación del celibato. Pero la norma se relaja bastante en los siglos siguientes, siendo restaurada más tarde por León IX, Gregorio VII (quien todavía el año 1074 tiene que excomulgar a clérigos casados o que viven en concubinato), Urbano II y Calixto II. En España queda más o menos establecida en el IV Concilio de Toledo, el año 633. A mediados del siglo XII, de nuevo vuelve a decaer la norma. Pese a ello, la legislación quedó fijada con Calixto II y el Concilio de Letrán (1123), donde se señala entre los impedimentos para contraer matrimonio el haber recibido las órdenes mayores (del subdiaconado en adelante), considerándose plenamente nulos los matrimonios contraídos por clérigos. En el siglo XVI, el Concilio de Trento confirmará plenamente estas normas.
Sin más, amigos, hasta la próxima confiando en que siempre que os pique os rasquéis a gusto. Os dejo este otro artículo de Carlos Machado como regalo por haber leído hasta aquí.
Esteban — 20-07-2006 23:50:40
Esteban — 24-07-2006 00:34:45