La Sra. de Olmos, contra todo pronóstico, había conseguido colarse en el círculo del mercado del arte vendiendo las pinturas que religiosamente elaboraba cada día en su ociosa vida de jubilada adinerada. Nunca había pintado nada hasta que se murió su marido. Nunca había pintado nada en ningún sentido. Así que todo apuntaba a que su reciente condición de viuda le permitía ser por fin algo más que la Sra. de Olmos y la forma de nacer al mundo como un ente autónomo e independiente se manifestaba a través de ingenuas pinturas que sin embargo se vendían muy bien. A pesar de su recién adquirida libertad de la hasta entonces sempiterna sombra conyugal, la Sra. de Olmos no quiso deshacerse del apellido de su marido pues le otorgaba cierta distinción, amén de que el suyo propio -Cogollos- no le parecía comercialmente tan resultón. A finales de cada mes, su agente, un estirado jovenzuelo que ya no lo era tanto, trajeado en gris marengo, se presentaba en su casa para repasar qué había de nuevo, organizar exposiciones o comunicar ofertas de compra.
Yo entré a trabajar para la Sra. de Olmos a principios de mes. El caso es que la Sra. de Olmos comenzaba a encontrarse muy fatigada para ciertos menesteres como elaborar acrílicos, imprimar lienzos, manchar fondos y cosas así. De esta forma me convertí en su ayudante aunque con el tiempo acabaría yo realizando totalmente los cuadros que luego ella firmaría.
Hacia finales del mes en el que entré a trabajar para la viuda, el agente, como siempre, se presentó en el taller de la Sra. de Olmos. Yo aún no lo conocía por lo que la anciana nos presentó convenientemente. Detecté un leve rictus de repulsa en el rostro del agente a pesar de lo cual lancé entusiasmado mi brazo hacia adelante para estrecharle la mano. Entonces fue cuando me di cuenta de que me brazo no era precisamente un brazo, sino más bien una pata roja y tubular. Entre asustado y sorprendido me apresuré a mirarme en el gran espejo que había en el taller de la Sra. de Olmos. Yo era una enorme gamba roja de 1'70 m., con sus antenas y todo y encima estaba desnudo. En aquel momento era tal mi confusión que no sabía si me había convertido en semejante artrópodo mientras me encontraba en casa de la Sra. de Olmos o siempre había sido yo así y por lo que fuera lo había olvidado.
To — 09-08-2006 01:24:25