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Elaborando sueños: el esqueleto de la Baronesa de Higueruela

Archivado en Cuentos, Poemas, Frases... • Fecha: 10-08-2006 10:59:51

No sé quien era esta señora pero la verdad es que me hizo pasar un mal rato. O mejor dicho, puesto que dada la naturaleza del sueño se trató más bien de un somnus interruptus, es posible que en aquella tierra de Morfeo siga congelado en el tiempo onírico el momento del terror final que me hizo saltar a este lado del velo, por lo que el mal rato que me hizo pasar esta desconocida puede que se encuentre en 'stand by' a la espera de una resolución, feliz o no, en cualquiera de los abundantes momentos en que me traspongo hacia las fantásticas latitudes del sueño.

Me encuentro en el vestíbulo de la sacristía de una enorme y oscura iglesia, iluminado por una pobre luz macilenta a duras penas escupida por dos tubos de neón en eterna necesidad de reposición. Ante mí, un pequeño corredor comunica con el altar tras atravesar dos puertas batientes.
"Buenas noches" me saluda una voz a mi izquierda. Allí, junto a la pared y entre los accesos a dos despachos parroquiales, se halla un señor de mediana edad ataviado con un viejo traje de obispo, púrpura y blanco, con un ridículo gorrito rojo propio de tiempos medievales, sentado en un trono de madera como esos que a veces presiden las sillerías de los altares. Le devuelvo el saludo tras lo cual me informa con gravedad de que el obispo Jose María y el obispo Tolomeo se encuentran reunidos. Hace un leve gesto con la cabeza como para indicarme que ambas personalidades se hallan tras la puerta que hay a mi derecha. Discuten algún grave asunto.

Me dirijo por el corredor hacia la iglesia atravesando las dos puertas batientes que se hallan ahora abiertas y sujetas con cuñas. Por alguna extraña razón mi pecho está descubierto, lo cual me inquieta más por el hecho de que alguien me recrimine que por atentar contra el respeto y el decoro en santos lugares. El corredor desemboca en el lateral izquierdo de la pared del fondo de la iglesia. Junto a la puerta por la que accedo al altar se encuentra un camastro con una figura yaciente cubierta por una tela de seda de color verde esmeralda. Se adivina una delgadez extrema.

Dos o tres jóvenes barren y limpian la iglesia en silencio. No han reparado en mi presencia o simplemente la ignoran. Ahora se empeñan en las bancadas frontales y en las escaleras del altar. Rascan los goterones de parafina que los velones han goteado sobre el mármol del suelo. Parecen estar acondicionando el templo para algún evento. Inquieto todavía por mi torso desnudo resuelvo echar una mano en la faena en un intento por compensar mi involuntaria osadía.

En el preciso momento en el que ya había decidio a qué tarea dedicarme detecto detrás de mí una presencia. Me vuelvo y me encuentro ante un monje extremadamente pálido de ojos claros y rostro consumido, ataviado con un hábito blanco como su tez y con la cabeza cubierta por una capucha puntiaguda. El reparo por la desnudez de mi torso se me hace más agobiante ante la mirada inexpresiva de este personaje. Casi susurrando agradece mi presencia, me toma del brazo y me lleva ante la figura yaciente en el lateral del altar. Me explica que recientemente han hallado en viejos archivos parroquiales jamás revisados un documento en el cual la Baronesa de Higueruela, gran protectora de aquella parroquia y financiadora de obras tales como la torre del campanario, manifestaba la voluntad de que sus restos fueran incinerados. Fue inhumada en el desconocimiento de este deseo y ahora, una vez conocida esta información, se decidió llevar su voluntad a cabo.

Lo que allí se prepara es una capilla ardiente para velar los restos mientras se tramita el proceso de incineración. El enigmático monje me hace saber que bajo aquella tela verde prácticamente sólo hay huesos. Permanece unos instantes junto a mí, murmurando quizá alguna oración y se marcha por la puerta de la sacristía. Los jóvenes que limpiaban la iglesia parecen haber terminado y también se van apagando las luces que iluminaban escasamente el altar. Pasan junto a mí como si no existiera. Ahora tan sólo entra un pálido resplandor proveniente de los neones del vestíbulo. Me quedo sólo y meditabundo observando la tela que cubre los restos de la Baronesa. El silencio es total. Resuelvo marcharme yo también pero en ese preciso momento sucede algo que paraliza todo mi cuerpo y mi mente. La pierna derecha del esqueleto comienza a agitarse con violencia de arriba abajo bajo la seda. Cuando acierto a reaccionar me asalta, en un intento por no descomponerme allí mismo, el pensamiento de que ha de haber una explicación lógica y sencilla para aquello. Pienso fugazmente que quizá se trate de una pesada broma de los jóvenes que acababan de marcharse. Quiero salir corriendo pero no lo consigo. Ahora la mandíbula de la Baronesa se pone a batir con fuerza emitiendo un chasquido similar al que hacen las cigüeñas cuando baten sus picos. Tengo las sienes frías y contraídas por el terror, la respiración contenida y no sé si el corazón me late o está parado en un vuelco imposible. Entonces el cuerpo, aún cubierto por la tela, se incorpora con relativa rapidez tras lo cual mis piernas obedecen finalmente mi voluntad de huir. Atravieso la puerta de la sacristía pero el hasta entonces breve corredor se ha hecho inmensamente largo y parece estirarse con cada zancada que doy. Me giro y allí veo a ese esqueleto adivinándose perfectamente bajo la tela verde, avanzando con torpe pero veloz paso hacia mí...

Escrito por Gabriel Incertis Jarillo
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