Al regresar a casa el viernes me encontré con que habían organizado una fiesta en la Kapelle (la sala de fiestas de Schwestrnhaus) que se encuentra en el rellano inmediatamente contíguo a mi puerta. Aunque era un poco tarde, decidí acercarme a ver si caía una cervecita o algo. Muy pocas veces tiene uno una fiesta semejante montada a escasos 5 metros de la puerta de casa.
Ingo ya estaba bien borracho. La última vez que hablé con él fue cuando lo conocí y entonces también estaba borracho. Estuvimos un rato hablando, jugando al futbolín, tomando cervezas, hasta que poco a poco aquello se fue vaciando de gente. La música de repente había dejado de sonar, todo estaba prácticamente recogido. Los últimos en salir se llevaban los cajones de cerveza Lindener Spezial sobrantes y al vernos allí a los dos en sendos tabueretes en el rellano junto a la puerta de la Kapelle, nos ofrecieron una par de tercios más para rematar la faena. Ingo aún no se había acabado el que tenía en la mano y su ser entero era un balbuceo. Constantemente se le caía el mechero y el tabaco al suelo, cada vez le era más complicado guardar el equilibrio sobre el taburete.
Nos quedamos solos. Schwesternhaus estaba en silencio. De alguna manera acabé sacando la guitarra de casa y toqué un pequeño recital privado para Ingo que, intentando emitir con cierta coherencia una melodía que se aproximase al Paranoid que yo cantaba, ya había caído al suelo. Consiguió arrastrarse hasta el cuarto de baño. A los diez minutos me acerqué a la puerta, le llamé. Por respuesta, un sordo ronquido. Decidí comprobar si la puerta estaba abierta y efectivamente: al abrirla, me encuentro con un Ingo desmayado, tumbado en el suelo con las piernas abiertas, una a cada lado del retrete. Con cierto esfuerzo consiguí despertarle lo suficiente como para que colaborase en la tarea de llevarle a su casa, un piso más abajo.
Hoy me he cruzado con Ingo. Nos hemos intercambiado un saludo. El mío ha sido más enfático, pero el suyo revelaba un cierto sentimiento de vergüenza. He notado claramente que intentaba evitar una conversación. Al resultarle la situación incómoda para él también ha acabado por incomodarme a mí.
Me temo que no volveré ha hablar así de buen rollo con él hasta que se embuche las suficientes cervezas como para olvidarse de que es más bien tímido.
C. — 16-10-2006 23:24:19
Gabi — 17-10-2006 00:39:18
C. — 17-10-2006 16:47:53
To — 17-10-2006 22:51:29